El Gran Duque Sergei Alexandrovich Romanov se encontró en el despacho imperial, enfrentando a su padre, el Emperador Alejandro II.
—Está tomada la decisión y espero que acepte mi voluntad —afirmó con autoridad el Emperador.
Sergei, con el rostro serio pero lleno de convicción, respondió:
—Soy tu hijo, soy militar y sé lo que es cumplir una orden. Tengo presente que debo mi lealtad al Zar de Todas las Rusias, pero… mi esposa no será un pacto político. Me casaré con la mujer que despierte en mí respeto, amor y admiración.
El Emperador frunció el ceño, intentando comprender la rebelión de su hijo.
—Entonces ¿desafías mi voluntad?
—No —replicó Sergei con firmeza—. No tendré una esposa y una amante. Mi decisión es definitiva: no me casaré con Caroline Mathilde.
Tras esta declaración, el Gran Duque cerró suavemente pero con determinación la puerta del despacho y descendió las escaleras con paso decidido. Su corazón estaba ocupado, latiendo con fuerza por la imagen de la princesa alemana más hermosa de toda Europa, quien había conquistado su alma con pureza y sinceridad. En ese instante, Sergei supo que su vida cambiaría para siempre, guiado por el amor y la libertad de elegir su propio destino.
Por María Cruz para la Dinastía Romanov ©